Friday, September 09, 2005

Epistemologia y Educacion

El paradigma de la complejidad, tal como se desprende de lo postulado por Morin,
sugiere varias consideración acerca del conocimiento y su devenir en la historia del
pensamiento.
La concepción clásica del conocimiento establecía, que dicho conocimiento para se
valido debía poner en orden los fenómenos, rechazar el desorden, lo incierto, lograr
la certidumbre, quitar las imprecisiones, distinguir y jerarquizar. Ello implica, por lo
tanto, que la complejidad que se presentaba bajo los signos de lo enredado, lo
inextricable, el desorden, la ambigüedad, debía ser rechazado como
desconocimiento. Su formulación clásica la encontramos en Descartes, quien
postulo como principio de verdad las “ideas claras y distintas”. Todo conocimiento
opera mediante la selección de datos significativos y rechazando lo no significativo,
es decir, opera separando, distinguiendo, uniendo, centralizando, jerarquizando, etc.
Estas operaciones son comandadas por principios de organización llamados
paradigmas, principios ocultos que gobiernan nuestra visión de las cosas y del
mundo sin que tengamos conciencia de ello. Vivimos bajo el imperio del paradigma
de la simplificación, de la disyunción, reducción y abstracción. Para evitar esta visión
unilateral y limitada, Morin (1994) propone tomar conciencia de los paradigmas que
mutilan el conocimiento y desfiguran lo real. Para ello formula la idea de un
pensamiento complejo, que evite la reducción/disyunción/separación del
conocimiento. La idea de un pensamiento complejo pone de relieve una
organización para el pensamiento, donde orden y desorden se mezclan íntimamente
y cuyo dinamismo genera nuevas formas organizadas/desorganizadas a modo de
bucle recursivo.
Cuando Morin (1998) habla de la complejidad se refiere a lo enredado, al desorden,
a la ambigüedad, a la incertidumbre, lo que implica la necesidad de un pensamiento
múltiple y diverso que permita su abordaje. El no reconocimiento de esta dialógica
orden/desorden nos sumerge en lo que él llama una “inteligencia ciega”, que no ve
más allá de sus propios limites y ni siquiera reconoce esos limites. Morin (1999)
entiende por “paradigma de la complejidad”, un principio de
distinciones/relaciones/oposiciones fundamentales entre algunas “nociones
matrices” que generan y controlan el pensamiento, es decir la constitución de teoría
y la producción de los discursos de los miembros de una comunidad científica
determinada. De ello resulta una evidente ruptura epistémica, una transformación
fundamental de nuestro modo de pensar, percibir y valorar la realidad signada por un
mundo global que interconecta pensamientos y fenómenos, sucesos y procesos,
donde los contextos físicos, biológicos, psicológicos, lingüísticos, antropológicos,
sociales, económicos, ambientales son recíprocamente interdependientes.
Educación y complejidad
Con “La cabeza bien puesta”, Morin (1999) se convence cada vez más, de la
necesidad de una reforma del pensamiento, y por lo tanto, de una reforma de la
enseñanza. El autor encara su obra deslizándose entre dos términos: educación y
enseñanza. Por un lado, la palabra “enseñanza” no basta, y por el otro, la palabra
“educación” implica algo de más y una carencia. Por esta razón, piensa en una
enseñanza educativa. La misión de esta enseñanza es trasmitir, no saber puro, sino
una cultura que permita comprender nuestra condición y ayudarnos a vivir. Al mismo
tiempo, debe favorecer una manera de pensar abierta y libre. Con sus ideas, Morin
busca favorecer la autonomía del pensamiento. Por esta razón, un pensamiento
capaz de no estar encerrado en lo local y lo particular, que pueda concebir los
conjuntos seria capaz de favorecer el sentido de la responsabilidad y de la
ciudadanía. La reforma del pensamiento tendrá consecuencias existenciales, éticas
y cívicas. La epistemología de la complejidad como reforma para el pensamiento,
implica sostener una visión integradora que evite la reducción, disyunción y
separación del conocimiento.
En coordenada con su “epistemología de la complejidad”, Morin (2002) propone “los
siete saberes necesarios para la educación del futuro”. En su contribución a la
reflexión –elaborado para la UNESCO- sobre como educar para un futuro sostenible,
introduce siete puntos de vista a considerar en la educación.
1) Las cegueras del conocimiento: el error y la ilusión. En este punto -señala Morin-,
la educación debe mostrar que no hay conocimiento que no se encuentre
amenazado por el “error” y la “ilusión”. Ninguna teoría científica esta inmunizada
para siempre contra el error. De este modo, la educación tiene que dedicarse a la
identificación de los orígenes de error, de ilusiones y de cegueras.
2) Los principios de un conocimiento pertinente: Existe una inadecuación cada vez
más amplia, profunda y grave, entre, por un lado, nuestros saberes desunidos,
compartimentados, divididos, y por el otro, realidades o problemas cada vez más
polidisciplinarios, transversales, multidisciplinarios, globales, planetarios, etc. En este
sentido, -Morin en tiende- un conocimiento pertinente que la educación debe
considerar, es aquel que contemple “el contexto”, “lo global”, “lo multidimensional” y
“lo complejo”. Es decir, ubicar las informaciones y los elementos en su contexto para
que adquieran sentido, por su parte, lo global es más que el contexto, es el conjunto
que contiene partes diversas ligadas de manera Inter.-retroactiva u organizacional.
Estas unidades complejas son multidimensionales, por ende el conocimiento
pertinente debe reconocer esta multidimensionalidad e insertar allí sus
informaciones, tambien debe enfrentar la complejidad. Hay complejidad cuando son
inseparables los elementos que constituyen un todo, cuando existe un tejido
interdependiente, interactivo e inter-retroactivo entre el objeto de conocimiento y su
contexto. En consecuencia, la educación tiene que promover una inteligencia
general, apta para referirse de manera multidimensional a lo complejo, al contexto
en una concepción global.
3) Enseñar la condición humana: Por su naturaleza, el ser humano es a la vez físico,
biológico, psíquico, cultural, social e histórico. Morin remarca, que esta unidad
compleja que es la naturaleza humana, está completamente desintegrada en la
educación. Por esta razón, hay que restaurarla de tal manera que cada uno, -desde
donde esté- tome conciencia al mismo tiempo de su identidad compleja y de su
identidad común a todos los demás humanos. Así, la condición humana tendría que
ser objeto esencial de cualquier educación.
4) Enseñar la identidad terrenal: El destino planetario del genero humano es una
realidad fundamental ignorada por la educación. Por este motivo, Morin sostiene,
que el conocimiento de los desarrollos de la era planetaria, que van a incrementarse
en el siglo XXI, y el reconocimiento de la identidad terrenal, que será cada vez más
indispensable para cada uno y para todos, deben convertirse en un de los mayores
objetos de la educación.
5) Enfrentar la incertidumbre: Las ciencias nos han hecho adquirir mucha certezas,
pero de la misma manera nos han revelado innumerables campos de incertidumbre.
En este sentido, Morin entiende, que la educación debería comprender la enseñanza
de las incertidumbres que han aparecido en las ciencias física (microfísica,
termodinámica, cosmología), en las ciencias de la evolución biológica y en las
ciencias históricas. Se tendrá que enseñar principios de estrategia que permitan
afrontar los riesgos, lo inesperado, lo incierto y modificar su desarrollo en virtud de
las informaciones adquiridas en el camino. Más aún, es imperativo que todos
aquellos que tiene la carga de la educación estén a la vanguardia con la
incertidumbre de nuestros tiempos.
6) Enseñar la comprensión: La comprensión es al mismo tiempo, medio y fin de la
comunicación humana. Teniendo en cuanta la importancia de la educación para la
comprensión en todos los niveles educativos y en todas las edades, –Morin sustenta
que- el desarrollo de la comprensión necesita una reforma de las mentalidades. Tal
debe ser la tarea de la educación del futuro. La comprensión mutua entre humanos,
tanto próximos como extraños, es en adelante vital para que las relaciones humanas
salgan de su estado bárbaro de incomprensión. De allí la necesidad de estudiar la
incomprensión desde sus raíces, sus modalidades y sus efectos. Este estudio -
agrega Morin- seria importante en cuanto que se centraría no sólo en los síntoma,
sino en las causas de los racismos, las xenofobia y los desprecios. Constituiría, al
mismo tiempo, una de las bases más seguras para la educación por la paz, a la cual
estamos ligados por esencia y vocación.
7) La ética del ser humano: La educación en la mirada de Morin, tiene un carácter
ternario, es decir, que la condición humana es a la vez individuo, sociedad y especie.
En este sentido, la ética individuo-especie necesita de un control mutuo de la
sociedad por el individuo y del individuo por la sociedad, es decir, la democracia; le
ética individuo-especie convoca a la ciudadanía terrestre. El ser humano lleva esa
triple realidad. De allí se esbozan para Morin, las dos grandes finalidades
eticopolíticas del nuevo milenio, es decir, establecer una relación de control mutuo
entre la sociedad y los individuos por medio de la democracia y concebir la
Humanidad como comunidad planetaria. En este sentido, la educación no sólo debe
contribuir a una toma de conciencia de nuestra Tierra-Patria, sino tambien permitir
que esta conciencia se traduzca en la voluntad de realizar la ciudadanía terrenal.

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